Páginas

26 de julio de 2017

Sobre el género sexual y la orientación sexual




Yo considero que el género sexual, así como la orientación sexual, no es algo que se decida. Es una cualidad innata a nuestra naturaleza. Es una configuración cerebral que se realiza durante la gestación y nacemos con ella. Lo creo así porque es lo que el razonamiento y la investigación científica nos indican.

Lo habitual es ser heterosexual y que el género sexual corresponda con el sexo biológico. Esto es lo que suele ocurrir la mayoría de las veces, pero en algunos individuos no sucede así, y nacen con una orientación sexual distinta a la heterosexual o con un género sexual distinto al de su sexo biológico. Esto lo determina la configuración innata de su cerebro.

Por eso considero que características como el género sexual y la orientación sexual no son consecuencia de de ideologías ni de una forma de educación sino que se trata de un fenómeno propiamente biológico y no cultural.

Ningún niño "decide" su orientación sexual ni su género sexual, y la educación no influye en ese aspecto. La ciencia avala esta visión naturalista, y es la perspectiva que considero más razonable a tenor de lo que sabemos.

Así que pienso que deberíamos proteger a los niños de doctrinas e ideología que deliberadamente perjudiquen su salud física y mental alegando creencias que no coinciden con lo que la razón y la ciencia nos indican.

19 de julio de 2017

La libertad de conciencia




El derecho a la libertad de conciencia significa que uno tiene derecho a pensar y creer cualquier cosa —literalmente cualquier cosa— y que puede ejercer esa facultad sin importar lo que otros crean u opinen al respecto. Es parte inherente a la autonomía del individuo. 

Más aún, la libertad de conciencia significa que uno debe tener el derecho a poder decidir lo que quiere pensar o creer sobre cualquier tema. 

En la oposición opuesta al derecho a la libertad de conciencia se encuentran posturas como la denominada correción política y el totalitarismo, que dicen que estamos obligados a pensar de determinada forma impuesta desde fuera.

7 de julio de 2017

El lado oscuro de la ideología




La ideología tienen una función narcotizante porque provoca que dejemos de pensar. Elimina la ansiedad de tener que aceptar la ignorancia, de tener que plantear cuestiones, formular dudas, buscar pruebas y deducir conclusiones provisionales. La ideología pretende tener una explicación de lo que es el mundo y promete un futuro mejor si la seguimos ciegamente. La angustia queda amortiguada. Cuanto más totalitaria es la ideología, más intenso es el alivio.

5 de abril de 2017

El cambio de opinión


¿Por qué cuesta tanto cambiar de opinión? 

Parece que los argumentos lógicos y las evidencias empíricas no son suficientes para provocar este cambio. Dejemos a un lado por el momento si los argumentos y las evidencias son del todo correctos y supongamos que sí lo son. Sabemos que a pesar de esto, la gente no cambia inmediatamente, y que muchos rechazan el cambio aun incluso reconociendo que la lógica y la evidencia de los argumentos presentados en contra de su propia creencia son correctos.

¿Por qué sucede esto? Tiene que haber una explicación.

Puede haber varios motivos que causen este fenómeno.

Uno de ellos, según explica Elsa Punset en este vídeo, es la fuerte tendencia a continuar la tradición que adquirimos —que a veces se remonta a la infancia— y que nos hace sentir como parte de nuestra comunidad.



Damos mayor prevalencia a perpetuar nuestro hábito que a la lógica y las evidencias.

Hay un trasfondo biológico evolutivo en este problema. Nuestras creencias y costumbres son parte esencial de la dinámica que nos permite sobrevivir cada día. Si nos funcionan para sobrevivir entonces las reforzamos para mantenerlas. Modificar esas creencias y costumbres puede poner en peligro la propia supervivencia; así que tendemos a rechazar cualquier elemento que pretenda dicho cambio.

Otro motivo puede ser que nos importa más lo que nos beneficia o nos conviene que los hechos objetivos tal cual son. Si pensamos que el cambio entra en conflicto con nuestro beneficio entonces nos opondremos al cambio, independientemente de que nos demuestren que todos los argumentos objetivos que sostienen la legitimidad del cambio son correctos.

Además, cambiar de opinión puede suponer un gasto energético añadido. Tenemos que revisar las nuevas ideas y aplicarlas a nuestra vida cotidiana, creando nuevos hábitos y costumbres. Aparecen problemas que antes no estaban presentes y que tenemos que resolver. Todo esto supone un incremento, por pequeño que fuera, de la energía habitual que usamos para sobrevivir. Nuestra tendencia biológica de supervivencia se basa en ahorrar y mantener la energía, no en derrocharla innecesariamente. Tiene que haber una motivación suficiente que nos conduzca a ampliar el gasto enérgetico en contra del ahorro y el mantenimiento.

Esto nos lleva la punto fundamental: la motivación. Sin motivación, no habrá intención de cambio. En última instancia todo se reduce a si uno desea realmente lograr aquello que el cambio requiere. Ese deseo está enraizado en nuestra propia subjetividad, y es algo que las evidencias y los argumentos no pueden de hecho cambiar.


Bibliografía:




28 de marzo de 2017

Causa y consecuencia




La expresión exterior es un reflejo de la vivencia interior. Lo primero está causado por lo segundo. Pero en sentido inverso no funciona del mismo modo. De lo contrario, no podrían existir la mentira y la hipocresía; y sabemos que existen. Por tanto, el proceso de cambio o evolución personal debería ser principalmente interior, es decir, en nuestra forma de sentir y pensar.

Todos los problemas en los que estamos involucrados son consecuencia directa de nuestra mentalidad, y esta mentalidad está conformada por actitudes, ideas, creencias y, también, por una disposición biológica de nuestro organismo. Por tanto, si quieremos solucionar esos problemas, debemos actuar principalmente sobre la causa y no tanto sobre las consecuencias.

17 de marzo de 2017

A favor pero en contra




Determinados argumentos, que parecen ser en favor de una causa, en realidad repiten los esquemas de pensamiento del error que se supone pretenden denunciar, y de este modo van en contra de ese mismo ideal que se supone pretenden apoyar.

Por ejemplo, la afirmación de que las mujeres merecen respeto porque son familiares de algún hombre asume la idea de que las mujeres importan porque son valoradas por los varones, y no porque merezcan respeto por sí mismas independientemente de la relación, la valoración o la opinión que tengan los hombres sobre ellas.

14 de marzo de 2017

Moralidad y Sociabilidad



«La moralidad no es un producto de la sociedad. La moralidad es algo que la sociedad manipula, explota, redirige y bloquea.» - Zygmunt Bauman

Habría que distinguir entre el sentido moral y el contenido de la moral. No es lo mismo. De la misma manera que no es lo mismo el contenido de las matemáticas que la capacidad para comprender y manejar las matemáticas. Evolutivamente hemos desarrollado la capacidad para comprender la moral, al igual que desarrollamos la capacidad para pensar matemáticamente. Pero nosotros no inventamos la moral ni la matemática.

Por otro lado, si bien la moral establece un código de conducta —normatividad— esto no significa que la moral equivalga a un simple código de conducta. Suponer lo contrario es una falacia que toma una parte por el todo. Las normas de una comunidad de vecinos son un código normativo de tipo social pero nadie lo considera parte de la moral. La moral existe de forma independiente de la sociedad y también de la religión, y es un producto de la razón.

No sería correcto hablar de "moral religiosa". La religión y la moral son categorías separadas. De hecho, la religión establece normas que se contraponen a la moral. La religión establece normas de origen supuestamente divino o sobrenatural; no establece normas morales. Se confunde la moral con la religión y con la sociedad. Un código de conducta religioso no es un código moral. Un código social de conducta —ya sea las normas del parchís, de una comunidad de vecinos, o una legislación estatal— no es un código moral.

La moralidad no es una fenómeno que aparezca exclusivamente en el contexto humano, ni tampoco es un invento que hayamos creado nosotros. La moralidad es una cualidad innata a nuestra naturaleza y que compartimos con otros animales. Ellos también disponen de empatía, tendencia al altruismo, y un sentido de la justicia, aunque sea a un nivel muy básico.

Es habitual la confusión entre la capacidad de sociabilidad —cooperar con otros individuos para beneficio propio— con la capacidad moral. La sociabilidad no es moralidad. La moral no es necesaria en absoluto para conseguir la supervivencia individual o para lograr la cooperación de grupo —una sociedad— en beneficio de sus miembros. La capacidad de colaborar con otros es una consecuencia del egoísmo y el instinto gregario que se manifiesta en diferentes formas y grados en según cada especie y en cada individuo particular.

La moral es objetiva y universal. En cambio, la sociedad es convencional y relativa. Los principios o reglas morales se derivan puramente del razonamiento, mientras que las normas o pautas sociales se establecen mediante el acuerdo o la imposición

La evolución puede explicar el surgimiento biológico progresivo de la capacidad moral pero no puede explicar la existencia de la moralidad. La capacidad moral es una aplicación de la lógica inherente a nuestro intelecto. La conciencia moral es un desarollo de la empatía que nos permite ponernos imaginadamente en el lugar de otros individuos y valorar sus intereses al mismo nivel que los nuestros. Esto tiene como consecuencia lo que denominamos como altruismo. Es un sentido peculiar que no tiene que ver con la supervivencia.

16 de febrero de 2017

La demonización del radicalismo




Ser radical significa ir a la raíz de los asuntos y de los problemas. Sólo significa esto, y no otra cosa.

Radical viene del latín radix que significa literalmente raíz. Esto es, el radicalismo, o el ser radical, es nada más que preocuparse por descubrir y conocer la raíz de un asunto, un problema, una idea, un acontecimiento, o cualquier otro fenómeno, y actuar sobre ella.

Por tanto, ser radical no significa ser violento, ni ser fanático, ni ser perjudicial. No conlleva nada de esto. Sin embargo, a menudo se usa como sinónimo de actitudes violentas y dañinas.

Por ejemplo, en el medio digital El Confidencial se leen hasta seis veces el término "radical" usado como sinónimo de violento para calificar la conducta de los hinchas de un equipo de fútbol. Cualquiera puede realizar la prueba por sí mismo cuando lea noticias sobre yihadistas, o sobre terroristas en general, y sobre cualquiera que actúe de forma violenta motivado por alguna forma de pensar. Podremos encontrar numerosos ejemplos similares en las que se denomina "radicales" a quienes actúan de forma extremadamente agresiva contra otros.

Creo que no se trata sólo de un problema semántico sino tal vez de alguna clase de intento de demonizar el radicalismo entendido en su sentido originario, es decir, entendido como la actitud que trata de buscar la verdadera causa de los fenómenos e incidir sobre ellos. No me parece que sea inocente o casual que los medios de comunicación hablen del radicalismo habitualmente para asociarlo con acciones violentas.

Criminalizar el radicalismo pareciera alguna clase de táctica para asociar el término a lo dañino, mediante la técnica psicológica del condicionamiento operante, con la finalidad de favorecer así que sólo se consideren aceptables las propuestas superficiales que no atienden a las causas de los problemas.

Este condicionamiento provoca que si alguien propone iniciativas radicales automáticamente será rechazado porque habremos interiorizado que el radicalismo es algo malo de por sí; aunque en la realidad el planteamiento radical no sea violento, ni perjudicial, ni dañino. De este modo, aunque se demuestre que la propuesta radical es viable, razonable, y sensata, será tachada de forma inconsciente sólo por ser radical.

Si rechazamos el radicalismo entonces ya sólo nos queda ser superficiales. Que seamos superficiales es por supuesto lo que el status quo y los poderes establecidos desean ante todo. Quienes se benefician de la injusticia no quieren análisis ni cambios profundos, y sólo aceptan modificaciones cosméticas que no afecten a las relaciones de poder establecidas.

No pretendo revertir el error para defender que el radicalismo sea necesariamente algo bueno en sí mismo. Esto sería la otra cara del mismo error. Una postura radical debe demostrar que es justa y beneficiosa y el solo hecho de ser radical no equivale a que lo sea necesariamente. Nada más pretendo concienciar sobre la demonización en contra del radicalismo y argumentar que el radicalismo no debe ser interpretado como sinónimo de algo malo.

25 de enero de 2017

Posverdad




La posverdad señala una actitud diferente a la mentira y el engaño. La mentira y el engaño se basan en distinguir lo verdadero y de lo falso. Pero en la posverdad esa distinción resulta irrelevante. La verdad ya no importa aquí. Ya no interesa lo que señala la evidencia y el razonamiento. La verdad no es la guía de referencia, y el criterio para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, sino que ahora ocupa su lugar nuestras emociones o nuestro provecho propio. Es otra consecuencia del posmodernismo que sigue vigente.

24 de enero de 2017

El gurú de uno mismo



Se dice a menudo que "debemos desconfiar de ídolos y gurúes que nos inculcan obediencia ciega sobre sus ideas". Eso es cierto pero tal vez también habría que desconfiar de convertirnos en ídolos o gurúes de nosotros mismos. Lo que nosotros deseemos o pensemos sobre una cuestión en un momento dado no es razón suficiente para creer ciegamente que ese deseo o creencia es verdadera y correcta. No seamos gurúes sobre nosotros mismos. El escepticismo bien entendido comienza por uno mismo.


21 de diciembre de 2016

«Voces del pensamiento (III). La actualidad de la hermenéutica.»


En los canales que tiene la UNED en Youtube se pueden encontrar vídeos muy interesantes. Aquí se puede ver, por ejemplo, un coloquio filosófico sobre Gadamer y la hermenéutica. Del cual me he quedado con una frase del profesor Félix Duque:
"La filosofía no está para resolver problemas sino para hacer ver que hay problemas ahí dónde los demás no los ven."

 

Para solucionar los problemas necesitamos la razón práctica o instrumental que desemboca en la ciencia, la tecnología, el activismo y la acción política. La razón teórica sirve para que podamos reconocer y distinguir entre categorías —lo correcto, lo verdadero, lo bueno— a la hora de analizar la realidad, pero no puede aportar remedios prácticos por sí sola.

14 de noviembre de 2016

Sesgos cognitivos




Nuestro cerebro está obligado a tomar decisiones constantemente para conseguir la supervivencia y desarrollo de nuestro organismo. Para ahorrar tiempo y energía a la hora de toma dichas decisiones surgen las tendencias, las costumbres, los hábitos, la inercia. Esto es, los prejuicios. Esto facilita la eficacia y el éxito a la hora de decidir con rapidez en la vida cotidiana, pero también facilita el error y el auto-engaño.

Una entrada en el blog de psicología El Efecto Galatea nos aporta una infografía para reconocer algunos de los sesgos cognitivos más habituales en el día a día.

17 de octubre de 2016

Ética y moral son sinónimos



Por lo visto, existe cierta controversia sobre si los términos ética y moral son sinónimos o hacen referencia a cosas distintas. Me ha sorprendido ver que algunas personas aseveran que son cosas distintas, porque esto no se ajusta a mis lecturas y estudios sobre filosofía, en los que nunca se visto que se estableciera que cada uno de los términos se adscribieran a conceptos distintos.

Si no hacen referencia a cosas distintas, ¿por qué existen dos términos? Bueno, eso tiene una explicación que proviene de la etimología.

Según explican en la página Filópolis:
La palabra ética proviene del griego êthos y significaba, primitivamente, estancia, lugar donde se habita. Posteriormente, Aristóteles afinó este sentido y, a partir de él, significó manera de ser, carácter. Así, la ética era como una especie de segunda casa o naturaleza; una segunda naturaleza adquirida, no heredada como lo es la naturaleza biológica. De esta concepción se desprende que una persona puede moldear, forjar o construir su modo de ser o êthos
¿Como se adquiere o moldea este êthos, esta manera de ser? El hombre la construye mediante la creación de hábitos, unos hábitos que se alcanzan por repetición de actos. El êthos o carácter de una persona estaría configurado por un conjunto de hábitos; y, como si fuera un círculo o una rueda, éste êthos o carácter, integrado por hábitos, nos lleva en realizar unos determinados actos, unos actos que provienen de nuestra manera de ser adquirida. 
La palabra moral traduce la expresión latina moralis, que derivaba de mos (en plural mores) y significaba costumbre. Con la palabra moralis, los romanos recogían el sentido griego de êthos: las costumbres también se alcanzan a partir de una repetición de actos. A pesar de este profundo parentesco, la palabra moralis tendió a aplicarse a las normas concretas que han de regir las acciones. 
Así, pues, desde la etimología, hay poca diferencia entre ética y moral: una y otra hacen referencia a una realidad parecida.
Desde el punto de vista etimológico no son parecidos; son lo mismo. Los griegos y los romanos usaban ambas palabras para referirse a la misma entidad. Nuestro idioma recoge ambos términos porque nuestra herencia cultural es grecorromana. Grecia y Roma son los referentes culturales de nuestra civilización.

Esto coincide con lo que relata Ferrater Mora en su conocido Diccionario de Filosofía:
«MORAL se deriva de mos, costumbre, lo mismo que 'ética' de ήθος y por eso 'ética' y 'moral' son empleados a veces indistintamente. Como dice Cicerón (De fato, I, 1), "puesto que se refiere a las costumbres, que los griegos llaman ήθος, nosotros MOR solemos llamar a esta parte de la filosofía una filosofía de las costumbres, pero conviene enriquecer la lengua latina y llamarla moral".»
No hay ninguna razón basada en la etimología, la historia y el origen cultural que justifique establecer una diferencia entre ambos. 

Según la Wikipedia:
Varios autores consideran como sinónimos a estos términos debido a que sus orígenes etimológicos son similares, aunque otros no consideran a la moral y la ética como lo mismo, como es el caso del filósofo español Gustavo Bueno. Algunas posturas conciben la ética como el conjunto de normas sugeridas por un filósofo o proveniente de una religión, en tanto que a «moral» se le designa el grado de acatamiento que los individuos dispensan a las normas imperantes en el grupo social. No todos acuerdan con dicha distinción, y por eso es que en un sentido práctico, ambos términos se usan indistintamente, y a menudo no se distingue entre los dos conceptos, haciéndolos equivalentes.
Esa diferencia pretende sostener que ética es la moral que proponen los filósofos y que la moral es la ética que establece la sociedad. Es decir, esencialmente nos seguimos refiriendo a lo mismo; sólo cambia el fundamento que pretende establecer el código de conducta imperativo.

Lo que ha sucedido al parecer es que la simple existencia de dos palabras distintas ha conducido a la suposición de que deben referirse a cosas distintas; pero no es así. Se refieren a lo mismo. Otra cosa es que algunos decidan ahora usarlas con significados distintos; pero no tenemos por qué respetar esa decisión ya que es arbitraria, injustificada y es consecuencia de ignorar la historia de los términos implicados. 

El argumento más habitual que se expone para intentar diferenciar entre ética y moral señala que la ética es teórica y que la moral es práctica; pero esto es lo mismo que decir que la ética es la reflexión sobre la moral y que la moral es la aplicación de la ética. De nuevo nos encontramos con que estamos haciendo referencia a lo mismo y que han divido los términos para señalar distintos aspectos de una misma cosa.

No hay ética que no prescriba una práctica y no hay moral que no implique razonamiento, así que esa distinción entre teoría y práctica no justifica distinguir entre ética y moral, puesto que ambos contienen por igual teoría y práctica. Me parece correcto distinguir entre los distintos aspectos de una misma cosa, pero no me parece correcto inventarse los significados de términos ya establecidos cambiando su definición original sólo por nuestro capricho.

Otro argumento señala que la ética es el estudio filosófico de la moral; pero esto es lo mismo que decir: la filosofía moral. La reflexión filosófica sobre la moral es filosofía y, por eso, se habla de la filosofía de la moral o filosofía moral. A lo largo de la historia, ningún filósofo ha establecido o razonado que existiera una diferencia entre ética y moral. Al menos, ninguno de los filósofos conocidos dentro de la tradición del canon occidental. No conozco las obras de todos los filósofos, si bien no me extraña que alguno relativamente reciente, como es el caso de Gustavo Bueno, se hubiera apuntado a esa moda de empeñarse en distinguir lo que es indistinguible.

No hay una diferencia esencial entre ética y moral; son sinónimos. Lo único que hay es un empeño irracional por diferenciar entre ambos términos, sin ninguna razón objetiva que justifique esa diferencia. Este empeño es irracional porque ignora la historia de los términos e ignora el principio de simplicidad [conocido también como principio de parsimonia o principio de Ockham] que proscribe aumentar la complejidad sin una razón suficiente que lo justifique; y esa razón no existe en este caso.


En lugar de comprender que ambos términos hacen referencia a lo mismo, y que ambos están presentes porque nuestra cultura tiene dos herencias originarias —Grecia y Roma—, algunas personas se empeñan en inventarse una diferencia inexistente e innecesaria e injustificada entre ambos; ignorando así toda la historia de la filosofia, en la que nunca se estableció una diferencia conceptual entre ambos. De la ignorancia nunca se puede obtener conocimiento y sólo se obtiene más ignorancia.

A veces sucede que para describir determinados aspectos de la ética/moral usamos sólo uno de los términos de forma habitual. Por ejemplo, hablamos de moralidad en lugar de eticidad, para expresar la capacidad de comprender y actuar moralmente. Pero no porque ética y moral se refieran a fenómenos diferentes —puesto que hacen referencia a lo mismo— sino sólo por costumbre. De hecho, el término moral es el más habitualmente usado porque nuestra lengua proviene directamente del latín, mientras que los términos griegos están menos presentes y suelen ser usados en muchas ocasiones sólo dentro de un contexto culto y no coloquial.

Pretender una diferencia entre ética y moral es como insistir en que hay una diferencia entre términos como perro y can, o entre Júpiter y Zeus, cuando sabemos que hacen referencia a lo mismo. Es el resultado de ignorar la historia de nuestra lengua y la historia de la filosofía.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...