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16 de febrero de 2017

La demonización del radicalismo





Ser radical significa ir a la raíz de los asuntos y de los problemas. Sólo significa esto, y no otra cosa.

Radical viene del latín radix que significa literalmente raíz. Esto es, el radicalismo, o el ser radical, es nada más que preocuparse por descubrir y conocer la raíz de un asunto, un problema, una idea, un acontecimiento, o cualquier otro fenómeno, y actuar sobre ella.

Por tanto, ser radical no significa ser violento, ni ser fanático, ni ser perjudicial. No conlleva nada de esto. Sin embargo, a menudo se usa como sinónimo de actitudes violentas y dañinas.

Por ejemplo, en el medio digital El Confidencial se leen hasta seis veces el término "radical" usado como sinónimo de violento para calificar la conducta de los hinchas de un equipo de fútbol. Cualquiera puede realizar la prueba por sí mismo cuando lea noticias sobre yihadistas, o sobre terroristas, o sobre cualquiera que actúe de forma violenta motivado por alguna forma de pensar. Podremos encontrar cientos de ejemplos similares.

Creo que no se trata sólo de un problema semántico sino tal vez de alguna clase de intento de demonizar el radicalismo entendido en su sentido originario, es decir, entendido como la actitud que trata de buscar la verdadera causa de los fenómenos e incidir sobre ellos. No me parece que sea inocente que los medios de comunicación hablen del radicalismo habitualmente para asociarlo con acciones violentas.

Criminalizar el radicalismo pareciera alguna clase de táctica para asociar el término a lo dañino, mediante la técnica del condicionamiento operante, con la finalidad de favorecer que sólo se consideren aceptables las propuestas superficiales que no atienden a las causas de los problemas.

Este condicionamiento provoca que si alguien propone ideas o medidas radicales automáticamente será rechazado porque habremos interiorizado que el radicalismo es algo malo de por sí; aunque el planteamiento radical no sea violento, ni perjudicial, ni dañino. De este modo, aunque se demuestre que la propuesta radical es viable, razonable, y sensata, será tachada de forma inconsciente sólo por ser radical.

Si rechazamos el radicalismo entonces ya sólo nos queda ser superficiales. Que seamos superficiales es por supuesto lo que el status quo y los poderes establecidos desean ante todo. Quienes se benefician de la injusticia no quieren análisis ni cambios profundos, y sólo aceptan modificaciones cosméticas que no afecten a las relaciones de poder establecidas.

No pretendo revertir el error para defender que el radicalismo es algo bueno en sí mismo. Esto sería la otra cara del mismo error. Una postura radical debe demostrar que es justa y beneficiosa; y el solo hecho de ser radical no equivale a que lo sea necesariamente. Nada más pretendo concienciar sobre la demonización en contra del radicalismo  y advertir que el radicalismo no debe ser interpretado como sinónimo de algo malo.

25 de enero de 2017

Posverdad




La posverdad señala una actitud diferente a la mentira y el engaño. La mentira y el engaño se basan en distinguir lo verdadero y de lo falso. Pero en la posverdad esa distinción resulta irrelevante. La verdad ya no importa aquí. Ya no interesa lo que señala la evidencia y el razonamiento. La verdad no es la guía de referencia, y el criterio para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, sino que ahora ocupa su lugar nuestras emociones o nuestro provecho propio. Es otra consecuencia del posmodernismo que sigue vigente.

24 de enero de 2017

El gurú de uno mismo



Se dice a menudo que "debemos desconfiar de ídolos y gurúes que nos inculcan obediencia ciega sobre sus ideas". Eso es cierto pero tal vez también habría que desconfiar de convertirnos en ídolos o gurúes de nosotros mismos. Lo que nosotros deseemos o pensemos sobre una cuestión en un momento dado no es razón suficiente para creer ciegamente que ese deseo o creencia es verdadera y correcta. No seamos gurúes sobre nosotros mismos. El escepticismo bien entendido comienza por uno mismo.


21 de diciembre de 2016

«Voces del pensamiento (III). La actualidad de la hermenéutica.»


En los canales que tiene la UNED en Youtube se pueden encontrar vídeos muy interesantes. Aquí se puede ver, por ejemplo, un coloquio filosófico sobre Gadamer y la hermenéutica. Del cual me he quedado con una frase del profesor Félix Duque:
"La filosofía no está para resolver problemas sino para hacer ver que hay problemas ahí dónde los demás no los ven."

 

Para solucionar los problemas necesitamos la razón práctica o instrumental que desemboca en la ciencia, la tecnología, el activismo y la acción política. La razón teórica sirve para que podamos reconocer y distinguir entre categorías —lo correcto, lo verdadero, lo bueno— a la hora de analizar la realidad, pero no puede aportar remedios prácticos por sí sola.

14 de noviembre de 2016

Sesgos cognitivos




Nuestro cerebro está obligado a tomar decisiones constantemente para conseguir la supervivencia y desarrollo de nuestro organismo. Para ahorrar tiempo y energía a la hora de toma dichas decisiones surgen las tendencias, las costumbres, los hábitos, la inercia. Esto es, los prejuicios. Esto facilita la eficacia y el éxito a la hora de decidir con rapidez en la vida cotidiana, pero también facilita el error y el auto-engaño.

Una entrada en el blog de psicología El Efecto Galatea nos aporta una infografía para reconocer algunos de los sesgos cognitivos más habituales en el día a día.

17 de octubre de 2016

Ética y moral son sinónimos



Por lo visto, existe cierta controversia sobre si los términos ética y moral son sinónimos o hacen referencia a cosas distintas. Me ha sorprendido ver que algunas personas aseveran que son cosas distintas, porque esto no se ajusta a mis lecturas y estudios sobre filosofía, en los que nunca se visto que se estableciera que cada uno de los términos se adscribieran a conceptos distintos.

Si no hacen referencia a cosas distintas, ¿por qué existen dos términos? Bueno, eso tiene una explicación que proviene de la etimología.

Según explican en la página Filópolis:
La palabra ética proviene del griego êthos y significaba, primitivamente, estancia, lugar donde se habita. Posteriormente, Aristóteles afinó este sentido y, a partir de él, significó manera de ser, carácter. Así, la ética era como una especie de segunda casa o naturaleza; una segunda naturaleza adquirida, no heredada como lo es la naturaleza biológica. De esta concepción se desprende que una persona puede moldear, forjar o construir su modo de ser o êthos
¿Como se adquiere o moldea este êthos, esta manera de ser? El hombre la construye mediante la creación de hábitos, unos hábitos que se alcanzan por repetición de actos. El êthos o carácter de una persona estaría configurado por un conjunto de hábitos; y, como si fuera un círculo o una rueda, éste êthos o carácter, integrado por hábitos, nos lleva en realizar unos determinados actos, unos actos que provienen de nuestra manera de ser adquirida. 
La palabra moral traduce la expresión latina moralis, que derivaba de mos (en plural mores) y significaba costumbre. Con la palabra moralis, los romanos recogían el sentido griego de êthos: las costumbres también se alcanzan a partir de una repetición de actos. A pesar de este profundo parentesco, la palabra moralis tendió a aplicarse a las normas concretas que han de regir las acciones. 
Así, pues, desde la etimología, hay poca diferencia entre ética y moral: una y otra hacen referencia a una realidad parecida.
Desde el punto de vista etimológico no son parecidos; son lo mismo. Los griegos y los romanos usaban ambas palabras para referirse a la misma entidad. Nuestro idioma recoge ambos términos porque nuestra herencia cultural es grecorromana. Grecia y Roma son los referentes culturales de nuestra civilización.

Esto coincide con lo que relata Ferrater Mora en su conocido Diccionario de Filosofía:
«MORAL se deriva de mos, costumbre, lo mismo que 'ética' de ήθος y por eso 'ética' y 'moral' son empleados a veces indistintamente. Como dice Cicerón (De fato, I, 1), "puesto que se refiere a las costumbres, que los griegos llaman ήθος, nosotros MOR solemos llamar a esta parte de la filosofía una filosofía de las costumbres, pero conviene enriquecer la lengua latina y llamarla moral".»
No hay ninguna razón basada en la etimología, la historia y el origen cultural que justifique establecer una diferencia entre ambos. 

Según la Wikipedia:
Varios autores consideran como sinónimos a estos términos debido a que sus orígenes etimológicos son similares, aunque otros no consideran a la moral y la ética como lo mismo, como es el caso del filósofo español Gustavo Bueno. Algunas posturas conciben la ética como el conjunto de normas sugeridas por un filósofo o proveniente de una religión, en tanto que a «moral» se le designa el grado de acatamiento que los individuos dispensan a las normas imperantes en el grupo social. No todos acuerdan con dicha distinción, y por eso es que en un sentido práctico, ambos términos se usan indistintamente, y a menudo no se distingue entre los dos conceptos, haciéndolos equivalentes.
Esa diferencia pretende sostener que ética es la moral que proponen los filósofos y que la moral es la ética que establece la sociedad. Es decir, esencialmente nos seguimos refiriendo a lo mismo; sólo cambia el fundamento que pretende establecer el código de conducta imperativo.

Lo que ha sucedido al parecer es que la simple existencia de dos palabras distintas ha conducido a la suposición de que deben referirse a cosas distintas; pero no es así. Se refieren a lo mismo. Otra cosa es que algunos decidan ahora usarlas con significados distintos; pero no tenemos por qué respetar esa decisión ya que es arbitraria, injustificada y es consecuencia de ignorar la historia de los términos implicados. 

El argumento más habitual que se expone para intentar diferenciar entre ética y moral señala que la ética es teórica y que la moral es práctica; pero esto es lo mismo que decir que la ética es la reflexión sobre la moral y que la moral es la aplicación de la ética. De nuevo nos encontramos con que estamos haciendo referencia a lo mismo y que han divido los términos para señalar distintos aspectos de una misma cosa.

No hay ética que no prescriba una práctica y no hay moral que no implique razonamiento, así que esa distinción entre teoría y práctica no justifica distinguir entre ética y moral, puesto que ambos contienen por igual teoría y práctica. Me parece correcto distinguir entre los distintos aspectos de una misma cosa, pero no me parece correcto inventarse los significados de términos ya establecidos cambiando su definición original sólo por nuestro capricho.

Otro argumento señala que la ética es el estudio filosófico de la moral; pero esto es lo mismo que decir: la filosofía moral. La reflexión filosófica sobre la moral es filosofía y, por eso, se habla de la filosofía de la moral o filosofía moral. A lo largo de la historia, ningún filósofo ha establecido o razonado que existiera una diferencia entre ética y moral. Al menos, ninguno de los filósofos conocidos dentro de la tradición del canon occidental. No conozco las obras de todos los filósofos, si bien no me extraña que alguno relativamente reciente, como es el caso de Gustavo Bueno, se hubiera apuntado a esa moda de empeñarse en distinguir lo que es indistinguible.

No hay una diferencia esencial entre ética y moral; son sinónimos. Lo único que hay es un empeño irracional por diferenciar entre ambos términos, sin ninguna razón objetiva que justifique esa diferencia. Este empeño es irracional porque ignora la historia de los términos e ignora el principio de simplicidad [conocido también como principio de parsimonia o principio de Ockham] que proscribe aumentar la complejidad sin una razón suficiente que lo justifique; y esa razón no existe en este caso.


En lugar de comprender que ambos términos hacen referencia a lo mismo, y que ambos están presentes porque nuestra cultura tiene dos herencias originarias —Grecia y Roma—, algunas personas se empeñan en inventarse una diferencia inexistente e innecesaria e injustificada entre ambos; ignorando así toda la historia de la filosofia, en la que nunca se estableció una diferencia conceptual entre ambos. De la ignorancia nunca se puede obtener conocimiento y sólo se obtiene más ignorancia.

A veces sucede que para describir determinados aspectos de la ética/moral usamos sólo uno de los términos de forma habitual. Por ejemplo, hablamos de moralidad en lugar de eticidad, para expresar la capacidad de comprender y actuar moralmente. Pero no porque ética y moral se refieran a fenómenos diferentes —puesto que hacen referencia a lo mismo— sino sólo por costumbre. De hecho, el término moral es el más habitualmente usado porque nuestra lengua proviene directamente del latín, mientras que los términos griegos están menos presentes y suelen ser usados en muchas ocasiones sólo dentro de un contexto culto y no coloquial.

Pretender una diferencia entre ética y moral es como insistir en que hay una diferencia entre términos como perro y can, o entre Júpiter y Zeus, cuando sabemos que hacen referencia a lo mismo. Es el resultado de ignorar la historia de nuestra lengua y la historia de la filosofía.

5 de julio de 2016

Activismo y filosofía




El concepto de filósofo no implica ninguna acción social transformadora, mientras que el concepto de activista sí lo implica. Hay filósofos que han hecho activismo, pero ambas tareas son independientes. Del mismo modo que hay activistas que también han ejercido una labor filosófica. Pero son dos cosas distintas.

No me refiero a que haya unas teorías filosóficas más realistas o más abstractas que otras; sino que nos referimos a por un lado a la filosofía como tal — reflexionar analíticamente sobre la realidad— y, por otro lado, al activismo —actuar sobre el mundo para cambiarlo de acuerdo a unas ideas.

Por esta razón soy activista, y no filósofo. Si bien, el activismo debe estar supeditado al análisis filosófico, como cualquier actividad racional.

El filósofo no tiene por qué hacer nada por cambiar la sociedad. Su tarea es reflexionar profundamente sobre el mundo; sin tener que añadir nada más. 

Si bien muchos filósofos fueron activistas también: Platón, Marx, Sartre. Y hay activistas a los que no se les considera filósofos pero que están entre los pensadores más interesantes de nuestro tiempo: Thoureau, Tolstoi, Gandhi, Martin Luther King,...



16 de junio de 2016

El mal no siempre es la causa del mal






Un artículo muy interesante en la revista Letras Libres titulado «¿Por qué hay tantos traidores en la izquierda?» advierte, acertadamente a mi entender, sobre esa cuestionable tendencia a creer que si otros hacen algo malo entonces automáticamente lo hacen por maldad o son malas personas.

A menudo se presupone que si alguien hace algo malo entonces tiene que ser motivado por maldad, por mala intención, y no por equivocación o por simple prejuicio. Sin embargo, la mayoría de males se cometen creyendo que uno hace lo que está bien o ignorando que haya algo malo en ello.

Debemos contemplar la posibilidad de que cometemos un error cuando juzgamos automáticamente una conducta errónea como sinónimo de maldad. La maldad significa que alguien hace algo malo siendo consciente de que eso que hace es un mal y decide realizarlo voluntariamente. 

En esta línea, el denominado principio de Hanlon señala que no se debería atribuir maldad cuando un suceso puede ser mejor explicado apelando a la estupidez. En este caso, ya se acepta que quizás no seamos malvados sino que quizás hacemos el mal porque somos tontos.

Y planteo yo, ¿por qué necesariamente apelar a la estupidez si pudieran darse otras causas?

Las malas conductas no sólo pueden ser consecuencia de maldad o de la estupidez, sino que también pueden ser el simple fruto del error de una persona que no es mala ni tiene un problema de inteligencia.

Entendemos que un acto es un mal porque causa un daño injustificado y es algo que no deberíamos hacer. Pero el mal no implica necesariamente maldad. Podemos cometer actos que son malos sin que seamos conscientes de que lo son.

Cuando cometemos un error al sumar números decimos que hemos hecho algo que está mal, pero no queremos decir que lo hayamos cometido de forma deliberada con la intención de hacer algo que sabemos que está mal y que deseemos causar un daño.

El mal puede ser causado por un error de cálculo, o por un error de conocimiento, o a causa de un engaño, o por un error debido a la educación o el contexto social en el que hemos vivido.

Por tanto, que alguien cometa un mal no implica necesariamente que sea malvado.

Se pueden cometer males debido a la estupidez, es decir, a la falta de inteligencia para darnos cuenta del daño que cometemos. Sin embargo, todos hacemos estupideces en alguna ocasión y no por eso nos consideramos estúpidos; así que quizás atribuir estupidez sea a menudo un juicio tan erróneo como atribuir maldad.

Alguien puede hacer el mal debido tal vez a que está equivocado o a que ignora que lo que hace está mal; por haber sido engañado o adoctrinado, o por un estar en posesión de información errónea.

Si en lugar de juzgar a una persona intentáramos comprender las verdaderas causas que motivan su conducta, no sólo rebajaríamos el odio y la hostilidad contra otras personas sino que quizás podríamos resolver el mal de forma más efectiva.

10 de febrero de 2016

Una observación sobre el pesimismo



«El pesimismo, entendido como pensamiento negativo o desesperanzado, es mucho más antiguo de lo que puede parecer. Sugiere que vivimos en el peor de los mundos posibles, y es una corriente que han apoyado algunas de las mentes más privilegiadas de la historia.» El Filósofo Loco

El problema central con el pesimismo, a mi modo de ver, es que se trata de una postura sesgada y arbitrariamente subjetiva.

El sufrimiento abunda en el mundo, es cierto, pero de la existencia del sufrimiento no se justifica deducir una condena del mundo. Para poder juzgar el mundo de forma imparcial tendríamos que apelar a un criterio que desde fuera del mundo nos permitiera valorarlo globalmente. Pero fuera del mundo no hay nada, por definición.

Además, el placer y la felicidad también abundan igualmente, ¿por qué deberíamos condenar el mundo por la existencia del sufrimiento en lugar de celebrarlo por la existencia del goce?

El pesimista sólo puede argüir que él no desea el sufrimiento y quiere su eliminación. Pero eso es un simple deseo personal y no un criterio moral que justifique racionalmente una condena sobre el sufrimiento o sobre la existencia en general.

Los pesimistas acusan a menudo a los optimistas de adoptar una postura sesgada que hace prevalecer el aspecto positivo de la existencia sobre el negativo —y pueden tener razón— pero la suya propia no es menos sesgada y subjetiva que el propio optimismo.

14 de diciembre de 2015

Blanco, negro, gris - Relativismo, absolutismo y sorites




A menudo nos encontramos en los debates informales con el argumento de que no podemos hacer juicios sobre las cosas y que se suele concluir con la frase "nada es blanco o negro". Este argumento pretende evadir el juicio sobre algún asunto, diciendo que no podemos determinar si un fenómeno pertenece a determinada categoría porque sus límites no son precisos y exactos.

En lógica esto se conoce como la paradoja sorites que pretende negar la validez de las categorías apelando a que todo es un continuo. Por ejemplo, esta falacia asegura que no podemos diferenciar entre niños y adultos porque no hay un límite preciso en el que el individuo pase de un estado a otro, sino que se trata de una permanente evolución. La falacia en general se puede aplicar a multitud de conceptos que no podemos delimitar con precisión absoluta. La idea de que "nada es blanco y negro" puede considerarse una versión de esta falacia.

El anti-absolutismo incurre en la misma contradicción que es inherente al relativismo. El postulado de que "todo es relativo" incurre en una incoherencia lógica puesto que si ese postulado es correcto entonces se trata de un postulado absoluto y no relativo, con lo cual se contradice a sí mismo –no todo es relativo– y resulta inválido. Es decir, el anti-absolutismo ha resultado ser una forma específica de absolutismo.

Señalar que "todo es relativo y no hay verdad absoluta" es una proposición contradictoria, pues se postula a sí misma como una verdad absoluta. Si fuera cierta se refutaría a sí misma. Por tanto, es lógicamente errónea y lo que expresa es falso.

En nuestra realidad, hay cosas que son blancas, hay cosas que son negras, y hay cosas que son grises. Tan absolutista es decir que todo es, o debe ser, blanco o negro, como decir que todo es, o debe ser, gris.

La postura que rechaza la noción de absoluto es tan absolutista como la postura que dice que todo debe ser categorizado en nociones absolutas. Ambas son absolutismo por igual. Pero el relativismo es una postura absolutista que suele acusar de "absolutismo" a otras posturas que sí aceptan que hay o pueden haber nociones de categorización absoluta; por ejemplo: hay determinadas acciones que están bien y otras que están mal.

22 de noviembre de 2015

Por la objetividad del lenguaje




La preocupación por las palabras es la preocupación por el conocimiento y la comunicación. 

Expresiones como "sólo son etiquetas" demuestran una falta de conciencia acerca del propio hecho de que todas las palabras son etiquetas. Etiquetas que colocamos sobre hechos, objetos, ideas, experiencias, fenómenos, individuos, conceptos,... para poder identificarlos entre nosotros y poder intercambiar información mediante la expresión simbólica que es el lenguaje hablado y escrito.



Si cada uno se inventa el significado de las palabras ya existentes a su mero capricho –ignorando la definición establecida– entonces no cabe posibilidad de entendimiento. De ese modo no podemos dialogar, comprendernos ni llegar a acuerdos entre nosotros. Quien adopta esa actitud ha rechazado la razón como criterio y ha optado por el caos o por la simple imposición del egoísmo y la fuerza frente a otros.

12 de noviembre de 2015

Mis libros de cabecera (1)




La filosofía de Epicteto tiene una vocación que podríamos denominar como terapéutica. 

El objetivo general de la filosofía estoica consiste en usar la razón para lograr una higiene mental que nos libere de pensamientos erróneos (irracionales) y cuya carga nos impide desarrollarnos para ser libres en justa medida y felices de forma equilibrada.

Ahora, podemos de nuevo aprender y disfutar con esta filosofía de la mano de la editorial Errata Naturae

Siguiendo los atentos comentarios de Pierre Hadot, podremos aprender con Epicteto que somos responsables de nuestros actos pero que hay cosas en el mundo de las que no somos responsables y que debemos saber delimitar entre estos ámbitos para poder cambiar aquello que debemos cambiar y mejorar; y no preocuparnos por aquello de lo que no somos responsables.




Reconocer los límites de nuestra responsabilidad no es ser conformista; es ser racional. Hay cosas que no podemos cambiar y hay otras de las que no somos responsables. Y, del mismo modo, hay otras cosas que sí podemos cambiar y de las que sí somos responsables. 

Una vez comprendido esee límite es cuando comienza el activismo (ser activo para cambiar aquello que debe ser cambiado) y no el conformismo. El conformista piensa que no puede cambiar nada o que no es responsable de nada. Y en el extremo contrario, en el de creer que podemos cambiarlo todo y de que somos responsables de todo lo que sucede, está el loco.

16 de octubre de 2015

La fe no vale




Debido a que nuestra cultura está basada en la religión, damos una importancia a la fe de la cual carece objetivamente. 

No importa la intensidad, el arraigo o la extensión de una creencia. El mero hecho de tener una creencia, por sí solo, no aporta ninguna validez ni legitimidad a lo que creemos. 

Una creencia se respalda racionalmente con evidencias y con pruebas objetivas verificables; ya sean lógicas o empíricas. Esto es lo único que le aporta veracidad, y ningún otro criterio.

20 de septiembre de 2015

El utilitarismo es una monstruosidad


  EL MONSTRUO DE LA UTILIDAD



El Monstruo de la Utilidad es un experimento mental creado por el filosófo Robert Nozick para exponer una crítica sobre el utilitarismo. 

Él nos plantea que imaginemos un mostruo que recibiera más utilidad —básicamente más grado de placer según la teoría utilitarista— por cada unidad de recurso del que obtuvieran los humanos. Por tanto, la conclusión lógica, y moralmente requerida por el utilitarismo, debería ser que diéramos todo lo que valoramos a ese monstruo.

Por ejemplo: si tuviéramos un trozo de pastel, el Monstruo de la Utilidad obtendría 1000 unidades de placer más que cualquier humano al disfrutar comiéndolo. Por tanto, deberíamos dar todo nuestro pastel al monstruo ya que el total de felicidad que se consigue sería mayor.

En la imagen vemos al Monstruo de la Utilidad obteniendo una gran placer al destruir tuberías. El placer que él obtiene supera al sufrimiento que nos causa con sus acciones. Teniendo en cuenta la felicidad total resultante al destruir las tuberías, lo moralmente requerido por el utilitarismo es permitir que el monstruo destruya las tuberías. 

Lo cierto es que el Monstruo de la Utilidad no es más que una aplicación coherente, aunque imaginaria, del utilitarismo. Es la esencia del utilitarismo encarnado en una sola entidad. El utilitarismo no respeta ningún otro principio que no sea el principio de utilidad y supedita cualquier otra cuestión moral a ese principio. Así lo explicaba el filósofo Tom Regan:
«La última objeción se basa en que nadie tiene realmente derechos, ya sea humano u otro animal, sino que lo bueno y lo malo son cuestiones que se juzgan a partir de lo que produzca las mejores consecuencias, teniendo en cuenta los intereses de cada implicado y considerando de manera igual intereses iguales. Esa filosofía moral —utilitarismo— que cuenta con una larga y venerable historia, y a muchos influyentes hombres y mujeres entre sus adeptos, es un fraude moral y ya no es una postura sostenible, si es que alguna vez lo fue. 
¿Es verdaderamente serio tener en consideración el interés de un violador en violar a su víctima antes de declarar la violación como inmoral? ¿Debemos tener en cuenta lo que supone para un pederasta el frustrar sus intenciones antes de condenar moralmente sus actos?; Asombrosamente, un utilitarismo coherente exige que sí los tengamos en cuenta, y de ese modo es rechazado por nuestra exigencia de racionalidad.»
El utilitarismo es una ideología irracional y reaccionaria.

El gran progreso moral de nuestra época ha sido reconocer que los individuos poseen un valor inherente que no debe ser sacrificado forzosamente por razones instrumentales y que sus intereses merecen ser protegidos de forma no-consecuencialista frente a las injerencias de otros.

El utilitarismo rechaza todo esto y regresa a la concepción instrumentalista de considerar a los individuos como simples medios para lograr una finalidad.

Podríamos decir que el utilitarismo es un monstruo moral y que cada utilitarista lleva ese monstruoso pensamiento dentro de sí que quiere imponer a toda costa su objetivo y no duda en destruir todo aquello que sea necesario para conseguirlo.

Peter Singer es un intelectual académico y uno de los más conocidos defensores modernos del utilitarismo.

Imagen traducida de Existential Comics

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