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5 de abril de 2017

El cambio de opinión


¿Por qué cuesta tanto cambiar de opinión? 

Parece que los argumentos lógicos y las evidencias empíricas no son suficientes para provocar este cambio. Dejemos a un lado por el momento si los argumentos y las evidencias son del todo correctos y supongamos que sí lo son. Sabemos que a pesar de esto, la gente no cambia inmediatamente, y que muchos rechazan el cambio aun incluso reconociendo que la lógica y la evidencia de los argumentos presentados en contra de su propia creencia son correctos.

¿Por qué sucede esto? Tiene que haber una explicación.

Puede haber varios motivos que causen este fenómeno.

Uno de ellos, según explica Elsa Punset en este vídeo, es la fuerte tendencia a continuar la tradición que adquirimos —que a veces se remonta a la infancia— y que nos hace sentir como parte de nuestra comunidad.



Damos mayor prevalencia a perpetuar nuestro hábito que a la lógica y las evidencias.

Hay un trasfondo biológico evolutivo en este problema. Nuestras creencias y costumbres son parte esencial de la dinámica que nos permite sobrevivir cada día. Si nos funcionan para sobrevivir entonces las reforzamos para mantenerlas. Modificar esas creencias y costumbres puede poner en peligro la propia supervivencia; así que tendemos a rechazar cualquier elemento que pretenda dicho cambio.

Otro motivo puede ser que nos importa más lo que nos beneficia o nos conviene que los hechos objetivos tal cual son. Si pensamos que el cambio entra en conflicto con nuestro beneficio entonces nos opondremos al cambio, independientemente de que nos demuestren que todos los argumentos objetivos que sostienen la legitimidad del cambio son correctos.

Además, cambiar de opinión puede suponer un gasto energético añadido. Tenemos que revisar las nuevas ideas y aplicarlas a nuestra vida cotidiana, creando nuevos hábitos y costumbres. Aparecen problemas que antes no estaban presentes y que tenemos que resolver. Todo esto supone un incremento, por pequeño que fuera, de la energía habitual que usamos para sobrevivir. Nuestra tendencia biológica de supervivencia se basa en ahorrar y mantener la energía, no en derrocharla innecesariamente. Tiene que haber una motivación suficiente que nos conduzca a ampliar el gasto enérgetico en contra del ahorro y el mantenimiento.

Esto nos lleva la punto fundamental: la motivación. Sin motivación, no habrá intención de cambio. En última instancia todo se reduce a si uno desea realmente lograr aquello que el cambio requiere. Ese deseo está enraizado en nuestra propia subjetividad, y es algo que las evidencias y los argumentos no pueden de hecho cambiar.


Bibliografía:




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