7 de abril de 2020

Actuar moralmente


Si a X le gusta patear gatos entonces consideramos que es alguien malo.

Si a Z le desagrada patear gatos entonces consideramos que es alguien bueno.

Pero que a Z le desagrade patear gatos no es una bondad; es un simple gusto.

En cambio, si X rechaza patear gatos porque entiende que actuar así está mal —a pesar de que le guste hacerlo— entonces X es bueno.

Nosotros no elegimos nuestros gustos; nos vienen ya dados.

Lo que sí podemos elegir es si queremos hacer el bien o el mal.

26 de agosto de 2018

La verdad y la objetividad de las normas morales



Existe la extendida creencia de que la moral es real —por ejemplo, que ciertos valores morales son verdaderos— solamente si existiera un dios. Estoy sorprendido de que alguien pueda realmente creer esto. Por eso considero que debo exponer ciertos argumentos, que son en realidad bastante antiguos ya, acerca de este trascendental asunto. No me atribuyo ninguno de los argumentos que voy a presentar. En particular, me baso principalmente en mis lecturas de la obra de pensadores que se plantearon esta cuestión, entre ellos, Platón, Guillermo de Ockham, Jean Meslier y Bernard Williams.

Se dice que los requerimientos morales, expresados en la forma de "estás obligado a X" o "la moral exige que X" solamente serían verdaderos si hay un dios que fundamentara esas obligaciones morales. Tal y como Platón expuso en su diálogo Eutifrón, parece muy dudoso que un dios pudiera tener tal función.

Supongamos que un dios nos mandara X —por ejemplo: no matar. Nosotros podríamos preguntar por qué el dios nos manda X, y que función cumple el mandato divino respecto de nuestro obligación de X.

Dos opciones se nos presentan como respuestas. O el dios nos ha ordenado X porque seguir X es obligatorio de acuerdo a fundamentos objetivos, o seguir X es obligatorio porque el dios nos ha ordenado X.

La primera opción hace al dios superfluo. Si nuestra obligación hacia X está basada en fundamentos objetivos, entonces el dios no está jugando ningún papel respecto de nuestra obligación y de la verdad/objetividad de la obligación moral en cuestión.

La segunda opción convierte el fundamento de la moral en algo arbitrario. Si estamos obligados a X simplemente porque el dios lo ordena, y no hay una explicación independiente de por qué debemos X, entonces la moral pierde toda su fuerza. ¿Cómo puede ser que estemos obligados a hacer algo simplemente porque un ser nos lo ha dicho sin ninguna razón. Recordemos: si nos ha ordenado X por una razón, por ejemplo, que X es objetivamente correcto y debido, entonces el dios resulta superfluo.

La mayoría de la gente que quiere creer que un dios fundamenta los valores morales comprende que la primera opción socava inmediatamente su postura. Por tanto, cuando se presenta este problema intentan alegar la segunda opción, argumentando el por qué si dios exige X eso nos obliga a X, a pesar del hecho de que su demanda es arbitraria.

Por ejemplo, ellos dicen que tenemos un incentivo para cumplir X, porque si no lo hacemos —si desobedecemos sus órdenes— entonces seremos castigados por el dios. Pero esta es una idea completamente absurda. Si la razón última de mi obligación respecto de X —por ejemplo, mi obligación de no torturar o mi obligación de no secuestrar, y otras— es que si incumplo X esto implica que seré castigado, entonces no estamos hablando de una obligación moral.

Esto nos deja sin ninguna explicación de por qué estaría mal desobedecer las obligaciones morales; de ese modo, actuar inmoralmente resulta simplemente imprudente desde una perspectiva puramente egoísta. Y explicar esto con el argumento del castigo divino es enteramente arbitrario, porque su mandato ya era arbitrario en primer lugar. Este dios es un matón abusador que nos castiga sin ninguna razón, literalmente.

En un intento de solventar este problema, algunos aducen que es cierto que la exigencia del dios es lo que nos obliga a X, pero dicen que el dios es un ser bondadoso que nos impone mandatos porque nos ama. Pero esto, por sí mismo, no nos explica tampoco nada. Porque si eso quiere decir que el dios en cuestión nos ordena X porque hacer X es bueno para nosotros, por el bien de la humanidad, o de quien sea, entonces esto resulta un versión modificada de la primera opción. Y recordemos que la primera opción presenta al dios como superfluo. Si hacer X es algo que yo debo hacer independientemente del mandato del dios, entonces el dios no cumple ninguna función respecto de la obligación moral.

Por otro lado, si no hay ningún sentido en que yo deba hacer X independientemente del mandato del bondadoso dios, entonces no está claro por qué el mandarme X tiene algo que ver con su amor por mí. En otras palabras: si no hay ninguna razón objetiva para mí de hacer X, entonces ¿por qué alguien que me ama me exige X?

Esta conclusión nos retrotrae al primer punto planteado. El resultado es que no hay ningún papel que un dios pudiera cumplir respecto de las obligaciones morales, y del fundamento de la verdad y objetividad de los valores morales. Si un dios nos ordenara actuar según una regla que nosotros mismos podríamos comprender de manera autónoma entonces su presencia es superflua. Y si un dios nos ordenara actuar según una reglas que no tuvieran sentido lógico entonces dichas reglas serían totalmente arbitrarias.

No solamente no se necesita de un dios para fundamentar la moral sino que no hay siquiera ninguna posibilidad lógica de que un dios pudiera fundamentar la moral.

Asimismo, rechazar la noción de divinidad no implica refutar la objetividad. Las matemáticas y la lógica demuestran que existen ámbitos de conocimiento objetivo. Es precisamente en la lógica —base necesaria de la realidad y de todo conocimiento— de donde obtenemos el fundamento objetivo de la moral.

2 de marzo de 2018

Una aclaración sobre la ideología



Considero errada la creencia que dice que debemos dejar a un lado la "ideología" y basar nuestras decisiones solamente en la ciencia. Afirmar esto me parece erróneo porque la ciencia en ningún caso prescribe valores ni dice que debamos hacer tal cosa en lugar de otra. La ciencia en el mejor de los casos se limita extensivamente a describir —la ciencia describe entidades y hechos concatenados— pero de ningún modo la ciencia puede establecer un criterio moral para diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. La ciencia no puede juzgar nada, y, por tanto, no puede juzgar, por ejemplo que la violencia sea incorrecta; sólo puede describir aquellos hechos concatenados que nosotros denominamos violencia. Contraponer el "enfoque científico" al "enfoque ideológico" como paradigmas enfrentados se trata de una dicotomía falaz, pues la ciencia no puede existir sin articularse mediante un previo aparato conceptual, el cual puede calificarse perfectamente como una ideología o sistema de ideas. La ciencia es producto de una ideología específica basada en posiciones ideológica como el racionalismo, el empirismo y el materialismo.

Lo que sí podríamos decidir es pasar de una ideología irracional basada en dogmas y prejuicios a una ideología racional basada en la lógica y las evidencias empíricas; pero nunca vamos a salir de la ideología si queremos establecer juicios de valor. Ideología es sinónimo de sistema de ideas, y sin un sistema de ideas acompañado de valores no se puede juzgar, por ejemplo, que la igualdad sea preferible al sexismo. La ideología y la ciencia no se contraponen, no son antónimos, sino que pertenecen a categorías diferentes. De hecho, la ciencia misma se fundamenta originariamente en una ideología o sistema ideológico —tal y como explica Mario Bunge y otros filósofos de la ciencia— del cual se ha obtenido como producto aquello que conocemos como método científico.

Es imposible realizar juicios sobre la realidad sin atender a un sistema de ideas; a una teoría organizada. Todo el mundo tiene asumida una ideología, ya sea de forma consciente o inconsciente. Sólo ocurre que algunos creen que su ideología es un contenido "natural" que surge espontáneamente, y no se dan cuenta, o no les interesa reconocer, que su forma de pensar es también en parte el producto de una construcción cultural de la misma manera que lo es aquello que denominan "ideología". Como digo, para poder realizar valoraciones y jucios morales es necesario disponer de un aparato conceptual, por rudimentario que fuera, que nos permita deducirlos.

Así que, a mi modo de ver, nunca vamos a salir de la ideología y sólo nos queda intentar que nuestra ideología asuma una tendencia hacia la racionalidad —articulada en un sistema de pensamiento que acepta la duda y la investigación— o, de lo contrario, asumir una ideología irracionalista articulada dogmáticamente mediante un sistema cerrado de ideas. De este modo, podemos intentar que nuestra ideología tenga en cuenta los resultados de la ciencia a la hora de establecer razonamientos y conclusiones, o podemos decidir que la ciencia no tenga un papel relevante en ella. Pero si alguien cree realmente que puede abandonar la ideología para interpretar el mundo, y que sólo necesita la ciencia, entonces ya ha asumido previamente una ideología denominada cientifismo que se caracteriza por usar la ciencia para intentar hacerse prevalecer frente al resto de ideologías y establecer un sistema de valores alegando que es lo que "la naturaleza" prescribe por sí misma. Un ejemplo particular de cientifismo sería el darwinismo social. El cientifismo no es ciencia ni se fundamenta en la ciencia sino que es una posición ideológica que utiliza la ciencia fraudulentamente para intentar dotarse de credibilidad y hacer creer que no es una ideología como las otras, cuando sí lo es.

El desprecio a la ideología es paradójicamente un recurso ideológico a su vez. Lo único que no es propiamente ideológico sería de hecho la lógica, que existe de forma autonóma e independiente, así como las percepciones empíricas de nuestros sentidos, que incluirían también lo que conocemos como instintos y emociones. Sólo la lógica pura y la sensación no entrarían dentro de la esfera ideológica del pensamiento. Lo que debemos examinar pues, desde una perspectiva racional, es si la ideología que asumimos corresponde con la lógica y los datos empíricos que no dependen de ninguna evaluación subjetiva para subsistir.

Por todo ello, pienso que sí podemos construir una ideología o sistema de ideas que aspira a la racionalidad, y tiene en cuenta a la ciencia como un instrumento relevante para conocer el mundo, pero que deberíamos tener conciencia de que no podemos salir de la visión ideológica si pretendemos hacer algo más que describir meros hechos y, también, evitar caer de nuevo en alguna forma de irracionalismo cientifista que use a la ciencia como excusa para intentar imponerse.

8 de febrero de 2018

Democracia material



Como bien explicaba Antonio García-Trevijano, existen dos tipos de democracia: la democracia formal y la democracia material. Ambas clases de democracia son compatibles aunque ninguna de las dos se aplican en la actualidad, sino meros remedos que se parecen vagamente.

La democracia formal —también conocido como democracia procedimental— es lo que conocemos como el sistema de gobierno basado en que los gobernados se gobiernan a sí mismos —ya sea directamente o mediante representatividad directa. 

Por otro lado, la democracia material —a la que a menudo también se denomina democracia social o democracia sustantiva— es un sistema económico que otorga riqueza económica a cada ciudadano, por el mero hecho de serlo, al igual que la democracia formal otorga un poder político fundamental a cada individuo, por el mero hecho de serlo.

Así, la inciativa conocida como Renta Básica Universal no requiere de obligado el asumir un postulado político de izquierda, o socialista y, puede ser defendida desde una perspectiva puramente democrática, en la tradición que se remonta a Thomas Paine.

18 de diciembre de 2017

Una observación sobre el consecuencialismo



En pocas palabras, el deontologismo es un concepto que se refiere a aquellas teorías morales que se basan en principios y normas objetivas que estamos obligados a cumplir por deber moral. Una conducta moral se juzgará buena o mala de acuerdo a si se ajusta o no a esos principios.

El deontologismo se opone a otro concepto llamado consecuencialismo que se refiere a aquellas teorías morales que se basan en lograr determinados fines u objetivos. Según el consecuencialismo, una conducta debe ser juzgada sólo en tanto que ayude a conseguir el fin u objetivo que se pretende.

Hay una confusión muy habitual sobre la noción de consecuencialismo, así como sucede con tantos y tantos términos, que qusiera intentar aclarar en esta nota.

Un planteamiento deontológico se basa en principios normativos y juzga si una acción es correcta o incorrecta según ésta se ajuste o no a dichos principios. En cambio, un planteamiento consecuencialista se basa en objetivos, es decir, se propone un objetivo y se considera correcta aquella acción que favorezca o logre dicho objetivo.

El consecuencialismo no se basa en la noción de consecuencia sino que basa su criterio de ajuste normativo en el supuesto ajuste de una acción a la consecución de un objetivo. De ahí viene el término «consecuencialismo»: de consecución, no de consecuencia. No es lo mismo. De hecho, así lo explica la filósofa Elizabeth Anscombe, quien inventó el término, señalando que esa forma de pensar es la que asume que el fin justifica los medios empleados si se consigue tal fin, es decir, la consecución del objetivo.

Es cierto que el consecuencialismo basa su criterio de moralidad en las consecuencias pero no son las consecuencias en sí mismas, o por sí solas, lo que sirve para valorar la moralidad de una acción sino que el criterio se basa en que dicha acción busque o provoque la consecución de las consecuencias buscadas. Si el consecuencialismo se basara meramente en valorar las consecuencias por sí sola entonces no prescribiría ninguna conducta. Lo realmente peligroso del consecuencialismo no es tanto su valoración de las consecuencias sino el hecho de considerar que lograr determinadas consecuencias justifica cualquier acción que lo consiga, sin atenerse a ningún otro criterio.

Con el consecuencialismo parece que sucede algo similar a lo que sucede con el vegetarianismo, esto es, que alguna gente cree erróneamente que el vegetarianismo significa "comer vegetales", basándose en la ortografía de la palabra sin tener en cuenta la definición y la historia del significado del término.

Existen diversos argumentos que explican por qué el consecuencialismo no puede ser una teoría moral racionalmente aceptable. Aquí expondré resumidamente algunos de ellos.

El primer argumento está referido a la capacidad del agente moral.

Una acción no existe en el vacío, ni surge automáticamente, sino que se compone de diversos elementos. Estos elementos que componen una acción son la motivación, el propósito y la ejecución de dicha acción.

Un agente no puede actuar sin alguna motivación, sin un propósito y sin efectuar dicha acción. Estos elementos son los que deben ser valorados éticamente, porque son los que forman parte de la responsabilidad consciente del agente. Los resultados y consecuencias de dicha acción también pueden ser valorados éticamente en tanto exista un nexo causal con la acción, pero no forman parte intrínseca de ella y dado que estos elementos no se pueden ser controlados por el agente, su valoración es secundaria y no determina la moralidad de la acción en sí misma. Las consecuencias de una acción pueden ser millones; no se pueden valorar cabalmente.

Un planteamiento deontologista no se despreocupa de las consecuencias de los actos, como a menudo se alega erróneamente, sino que entiende que la consecuencia es un elemento derivado de la acción, pero que no forma parte de ella. Una teoría deontologista no se despreocupa por las consecuencias de nuestras acciones, pero las consecuencias se derivan de las acciones, que son los elementos que deben preocuparnos principalmente como agentes morales, porque son las únicas que podemos en verdad controlar hasta cierto punto.

El resultado directo de una acción, y no tanto las consecuencias, —porque las consecuencias pueden ser miles y ser imposibles de controlar o de evaluar— pertenece al ámbito de la efectividad, no al de la moralidad. ¿No debemos buscar acaso que nuestras acciones sean efectivas respecto de la finalidad moral que buscamos? Por supuesto, pero dicha efectividad debe supeditarse a la moralidad. Uno debe buscar actuar de forma efectiva, pero dentro de los límites básicos de la moralidad. Esto es lo que el consecuencialismo no acepta y lo que lo separa de forma radical de la denominada posición deontologista.

Existe otro problema con el consecuencialismo, no menos importante. Hay una falacia conocida como argumento ad consequentiam que consiste en juzgar la veracidad de una creencia basándose en las posibles consecuencias que pudiera tener su aplicación. Este tipo de pensamiento es el mismo en el que se basa el consecuencialismo. El consecuencialismo juzga la moralidad de una acción apelando a las posibles consecuencias que pudiera tener e ignorando si dicha acción se ajusta a principios éticos o si implica un comportamiento malévolo. A menudo se menciona el utilitarismo como ejemplo de consecuencialismo moderno, pero también deberíamos señalar otro ejemplo vistoso de pensamiento consecuencialista: el maquiavelismo.

17 de noviembre de 2017

Las escuelas helenísticas


En la Antigüedad, la filosofía no era una actividad de especulación abstracta sino que era una escuela de vida, como bien nos recuerda Pierre Hadot.

6 de agosto de 2017

El papel de la filosofía según Michel Foucault


En sus obras explica Michel Foucault que hay ideas y costumbres aceptadas en nuestra sociedad que se consideran "naturales" pero que son en realidad constructos culturales creados a lo largo del tiempo por los intereses de grupos de poder que imponen su visión del mundo como algo "natural".



«La filosofía en su vertiente crítica —y entiendo crítica en un sentido amplio— ha sido precisamente el saber que ha puesto en cuestión todos los fenómenos de dominación, cualquiera que fuese la intensidad y la forma que adoptan: política, económica, sexual, institucional. Esta función crítica de la filosofía se deriva hasta cierto punto del imperativo socrático: ocúpate de ti mismo, es decir, fundaméntate en libertad mediante el dominio de ti mismo.» [Entrevista a Michel Foucault en 1984]

26 de julio de 2017

Sobre el género sexual y la orientación sexual




Yo considero que el género sexual, así como la orientación sexual, no es algo que se decida. Es una cualidad innata a nuestra naturaleza. Es una configuración cerebral que se construye durante la gestación y nacemos con ella. Lo creo así porque es lo que el razonamiento y la investigación científica nos indican.

Lo habitual es ser heterosexual y que el género sexual corresponda con el sexo biológico fenotípico. Esto es lo que suele ocurrir la mayoría de las veces, pero en algunos individuos no sucede así, y nacen con una orientación sexual distinta a la heterosexual o con un género sexual distinto al de su sexo biológico. Esto lo determina la configuración innata de su cerebro.

La identidad sexual no se define por los cromosomas. Pretender que podemos saber el género sexual de una persona por sus cromosomas es como creer que podemos saber su orientación sexual por los cromosomas. La sexualidad está determinada por factores hormonales y epigenéticos que influyen en la configuración cerebral del feto durante el embarazo.

Por eso considero que características como el género sexual y la orientación sexual no son consecuencia de de ideologías ni de una forma de educación sino que se trata de un fenómeno propiamente biológico y no cultural, aunque la cultura influya en la forma en que valoramos y vivimos la sexualidad.

A menudo se confunden las tres categorías básicas de la sexualidad: la anatómica sexual, la neurológica sexual y el rol cultural de género. Esas categorías pueden existir separadamente, y los conceptos de varón y de mujer pueden hacer referencia a cualquiera de ellas.

La orientación sexual no se elige; es una rasgo innato de la personalidad. Pensar que uno puede elegir ser homosexual es avalar la teoría pseudocientífica, y de inspiración religiosa, que dice que la orientación sexual puede cambiarse con terapia.

Ningún niño decide su orientación sexual ni su género sexual —así como tampoco puede decidir su anatomía sexual— y la educación no influye en ese aspecto. La ciencia avala esta visión naturalista, y es la perspectiva que considero más razonable a tenor de lo que sabemos.

Así que pienso que deberíamos proteger a los niños de doctrinas e ideología que deliberadamente perjudiquen su salud física y mental alegando creencias que no coinciden con lo que la razón y la ciencia nos indican y que condenan injustificadamente su personalidad sexual.

19 de julio de 2017

La libertad de conciencia




El derecho a la libertad de conciencia significa que uno tiene derecho a pensar y creer cualquier cosa —literalmente cualquier cosa— y que puede ejercer esa facultad sin importar lo que otros crean u opinen al respecto. Es parte inherente a la autonomía del individuo. 

Más aún, la libertad de conciencia significa que uno debe tener el derecho a poder decidir lo que quiere pensar o creer sobre cualquier tema. 

En la oposición opuesta al derecho a la libertad de conciencia se encuentran posturas como la denominada correción política y el totalitarismo, que dicen que estamos obligados a pensar de determinada forma impuesta desde fuera.

7 de julio de 2017

El lado oscuro de la ideología




La ideología tienen una función narcotizante porque provoca que dejemos de pensar. Elimina la ansiedad de tener que aceptar la ignorancia, de tener que plantear cuestiones, formular dudas, buscar pruebas y deducir conclusiones provisionales. La ideología pretende tener una explicación de lo que es el mundo y promete un futuro mejor si la seguimos ciegamente. La angustia queda amortiguada. Cuanto más totalitaria es la ideología, más intenso es el alivio.

5 de abril de 2017

El cambio de opinión


¿Por qué cuesta tanto cambiar de opinión? 

Parece que los argumentos lógicos y las evidencias empíricas no son suficientes para provocar este cambio. Dejemos a un lado por el momento si los argumentos y las evidencias son del todo correctos y supongamos que sí lo son. Sabemos que a pesar de esto, la gente no cambia inmediatamente, y que muchos rechazan el cambio aun incluso reconociendo que la lógica y la evidencia de los argumentos presentados en contra de su propia creencia son correctos.

¿Por qué sucede esto? Tiene que haber una explicación.

Puede haber varios motivos que causen este fenómeno.

Uno de ellos, según explica Elsa Punset en este vídeo, es la fuerte tendencia a continuar la tradición que adquirimos —que a veces se remonta a la infancia— y que nos hace sentir como parte de nuestra comunidad.



Damos mayor prevalencia a perpetuar nuestro hábito que a la lógica y las evidencias.

Hay un trasfondo biológico evolutivo en este problema. Nuestras creencias y costumbres son parte esencial de la dinámica que nos permite sobrevivir cada día. Si nos funcionan para sobrevivir entonces las reforzamos para mantenerlas. Modificar esas creencias y costumbres puede poner en peligro la propia supervivencia; así que tendemos a rechazar cualquier elemento que pretenda dicho cambio.

Otro motivo puede ser que nos importa más lo que nos beneficia o nos conviene que los hechos objetivos tal cual son. Si pensamos que el cambio entra en conflicto con nuestro beneficio entonces nos opondremos al cambio, independientemente de que nos demuestren que todos los argumentos objetivos que sostienen la legitimidad del cambio son correctos.

Además, cambiar de opinión puede suponer un gasto energético añadido. Tenemos que revisar las nuevas ideas y aplicarlas a nuestra vida cotidiana, creando nuevos hábitos y costumbres. Aparecen problemas que antes no estaban presentes y que tenemos que resolver. Todo esto supone un incremento, por pequeño que fuera, de la energía habitual que usamos para sobrevivir. Nuestra tendencia biológica de supervivencia se basa en ahorrar y mantener la energía, no en derrocharla innecesariamente. Tiene que haber una motivación suficiente que nos conduzca a ampliar el gasto enérgetico en contra del ahorro y el mantenimiento.

Esto nos lleva la punto fundamental: la motivación. Sin motivación, no habrá intención de cambio. En última instancia todo se reduce a si uno desea realmente lograr aquello que el cambio requiere. Ese deseo está enraizado en nuestra propia subjetividad, y es algo que las evidencias y los argumentos no pueden de hecho cambiar.


Bibliografía:




28 de marzo de 2017

Causa y consecuencia




La expresión exterior es un reflejo de la vivencia interior. Lo primero está causado por lo segundo. Pero en sentido inverso no funciona del mismo modo. De lo contrario, no podrían existir la mentira y la hipocresía; y sabemos que existen. Por tanto, el proceso de cambio o evolución personal debería ser principalmente interior, es decir, en nuestra forma de sentir y pensar.

Todos los problemas en los que estamos involucrados son consecuencia directa de nuestra mentalidad, y esta mentalidad está conformada por actitudes, ideas, creencias y, también, por una disposición biológica de nuestro organismo. Por tanto, si quieremos solucionar esos problemas, debemos actuar principalmente sobre la causa y no tanto sobre las consecuencias.

17 de marzo de 2017

A favor pero en contra




Determinados argumentos, que parecen ser en favor de una causa, en realidad repiten los esquemas de pensamiento del error que se supone pretenden denunciar, y de este modo van en contra de ese mismo ideal que se supone pretenden apoyar.

Por ejemplo, la afirmación de que las mujeres merecen respeto porque son familiares de algún hombre asume la idea de que las mujeres importan porque son valoradas por los varones, y no porque merezcan respeto por sí mismas independientemente de la relación, la valoración o la opinión que tengan los hombres sobre ellas.

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