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6 de marzo de 2015

La ética no es una imposición





La ética no puede ser una “imposición” porque eso supondría alegar que se nos «im-pone» algo que no es inherente a nosotros. Es decir, que se nos fuerza a acatar algo que es ajeno a nosotros. Pero no es así.

La ética es una obligación inherente a nuestra propia facultad de razonar. Por eso no se puede imponer, por definición. Sólo podríamos decir que se im-pone (se introduce interiormente) en el caso de que fuera algo externo a lo que se nos quiere forzar.

La ética es una pura derivación de la lógica. El principio de igualdad y el concepto de valor intrínseco se derivan directamente del principio lógico de identidad. Esto no lo podemos imponer ni refutar; sólo lo podemos reconocer. No podemos imponer ni refutar que A=A.

Así, los principios básicos de la ética son puramente lógicos y estamos obligados a ellos por nuestra facultad de razonamiento. Estamos intrínsecamente obligados a reconocer que A=A y lógicamente a acatar ese principio en nuestra conducta. Pero no obligados en el sentido de forzados o coaccionados sino en el sentido de necesidad lógica.

Cuando decidimos ignorar o quebrantar esos principios entonces somos nosotros quienes estamos imponiendo nuestros deseos o intenciones por encima de los de otros individuos.

Si los demás individuos son igualmente sujetos como nosotros y tienen los mismos intereses básicos que nosotros (A=A) entonces lógicamente debemos considerarlos al mismo nivel que los nuestros puesto que son los mismos intereses, aunque se den en individuos diferentes. Esto es la igualdad en sentido moral. Lo opuesto a la imposición de unos sobre otros.

Podemos hacer leyes que impongan determinada conducta basándonos en normas morales. Esto sí. Las leyes jurídicas siempre son una imposición; son de carácter coactivo. Ahora bien, cuando le decimos a alguien que debe o no debe hacer tal cosa porque es éticamente incorrecto o injusto, no le estamos imponiendo nada. Porque ese mandato no es ajeno a su naturaleza moral. De hecho, le estamos diciendo que deje de imponer injustificadamente a los demás sus deseos y que sea consecuente con la razón, que es parte inherente de nuestra propia personalidad.

Además, la imposición nunca es un hecho intrínsecamente malo ni bueno por sí mismo. Puede ser correcto o incorrecto. Depende de si está moralmente justificada o no. Lo cual nos retorna de nuevo a los principios éticos que son el referente normativo de la moralidad. Y el único fundamento objetivo que puede tener una moral es la lógica.

En conclusión, la ética parece una imposición sólo para aquellos que no la han comprendido o asumido. Para quienes la hemos interiorizado reconocemos que una extensión de nuestra propia racionalidad. Las normas ética provienen de la razón, que es inherente a nosotros, no desde fuera de nosotros. Razonar no es una limitación sino un desarrollo de la personalidad racional.

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