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7 de febrero de 2015

La igualdad



«Hasta  ahora,  la  fuerza  brutal  ha  gobernado  el  mundo  y  es evidente por los filósofos, escrupulosos en dar un conocimiento más útil al hombre de esa distinción determinada, que la ciencia política se encuentra en su infancia.»
                                                                                   ~ Mary Wollstonecraft

Hombres y mujeres somos diferentes en ciertas características. Es obvio. Pero también somos iguales de hecho en otros aspectos. 

La igualdad consiste en reconocer y respetar de forma igual esos elementos en los que somos efectivamente iguales. Esto es la igualdad en sentido moral.

Por ejemplo, somos iguales en que tenemos los mismos intereses básicos: deseamos conservar y proteger nuestra vida; deseamos evitar el daño y el sufrimiento; deseamos disfrutar y desarrollar plenamente nuestras capacidades; deseamos no estar sometidos coacctivamente a la voluntad ajena de otros. 

El sexo que tengamos no afecta a la posesión de dichos intereses (que forma parte de la capacidad de sentir) por tanto, es injusto (contrario al principio de igualdad) discriminar, o menospreciar, esos intereses entre individuos por motivo de sexo. Que tengamos un sexo u otro no afecta al hecho de que somos seres dotados de sensación.

Del mismo modo, si tenemos la misma (o muy similar) capacidad de inteligencia, entonces debe ser considerada y respetada nuestra igualdad de oportunidades para lo que esa inteligencia nos permita hacer, y no ser discriminados por el hecho de tener un sexo u otro. Ser mujeres u hombres no afecta a nuestra inteligencia.

El principio de igualdad significa respetar lo que es igual y no tratar de manera diferente aquello que es igual, de hecho, sino tratarlo de forma igualitaria.

Sin embargo, a menudo se confunde la igualdad con otros principios morales.

La igualdad no consiste en forzar a los individuos a una igualdad artificial en lo que no hay igualdad. Por ejemplo: no tenemos por qué imponer una igual cantidad de individuos masculinos y femeninos en un contexto político. No tiene por qué haber una cuota para ningún sexo. Esto es una discriminación sexista. Estar en contra del sexismo significa acabar con prejuicios y normas que promueven la discriminación en función del sexo. Una política no-sexista (igualitaria) se basa en una valoración objetiva de los méritos y habilidades de cada individuo independientemente del sexo de los implicados. 

Pensar que una estructura política tiene que ser obligada a reflejar proporcionalmente determinados rasgos biológicos en la composición de sus integrantes, en correspondencia con la proporción que haya en la sociedad, es una variante más de la falacia naturalista. Es un argumento erróneo que pretende convertir un simple hecho natural en un criterio moral. Que en el mundo (la naturaleza o la sociedad) haya mitad hombres y mitad mujeres (o incluso más mujeres que hombres) no justifica que esa proporción deba ser impuesta en la política o cualquier otro ámbito. Esto sería discriminación; no igualdad. Y no sería un discriminación moralmente justificada, puesto que se basa en el sexo de los individuos. Y ya hemos señalado que el sexo no afecta ni la capacidad de sentir ni a la capacidad de inteligencia. 

El principio de igualdad no fundamenta el hecho de imponer una nivelación igualitaria en aquello en lo que de hecho no somos iguales. Esto último sería la solidaridad (forzada o voluntaria). No son lo mismo.

La igualdad no se puede imponer, por definición. La igualdad es un hecho auto-existente que se considera, se reconoce, se respeta. Pero cuando somos desiguales y tratamos de compensar en aquello que somos diferentes entonces no estamos apelando a la igualdad sino a la solidaridad


La igualdad es un hecho previo que no podemos forzar. Lo que sí podríamos imponer (o promover) es la solidaridad entre individuos, es decir, repartir beneficios en aquellos aspectos precisamente en los de hecho no somos iguales, ni podemos serlo

Dado que los individuos no somos iguales en inteligencia ni en habilidades ni capacidades, podemos acordar que haya compensaciones altruistas de aquellos que más tienen hacia aquellos que menos tienen, para así lograr una cohesión social. Precisamente porque no somos iguales es por lo que se estima necesario o conveniente lograr este reparto solidario. 

Pero quede claro que la solidaridad no es igualdad ni puede conseguir la igualdad ni se fundamenta en el principio de igualdad. Es un principio distinto y aparte y requiere una justificación diferente.

En definitiva, por el principio de igualdad estamos moralmente obligados a aplicarla en nuestra vida, en nuestra conducta, y también nos exige que fomentemos esta igualdad en la comunidad moral (y, por tanto, en la sociedad, que está sostenida por agentes morales) para evitar así que el prejuicio del sexismo continúe o aparezca.

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